Por Amanda Contreras M
La casa grande: el lugar donde todo comenzó
Cuando Josefina y Exequiel Fontecilla recuerdan su infancia, vuelven una y otra vez a “la casa grande”. Así llamaban al antiguo castillo Las Majadas de Pirque, donde crecieron con sus hermanos, rodeados de naturaleza, pasillos infinitos y un parque que parecía no terminar nunca.
“Tuvimos el privilegio de disfrutar de ese parque y de ese castillo”, dice Exequiel, recordando los años en que la vida se sentía extensa, libre y luminosa. En medio de ese entorno vivía y trabajaba su padre, el arquitecto y acuarelista Exequiel Fontecilla, figura clave en su formación.
Josefina lo resume con claridad: “Era una relación muy cercana, a pesar de que él no era un padre muy comunicativo, pero era muy presente en su arte y con su talento, y eso influyó en nosotros dos”. Su presencia silenciosa, siempre pintando, siempre observando, marcó tanto como el propio territorio.
Dos recorridos que nacen del mismo territorio
Aunque hoy viven y trabajan en lugares distintos, ambos reconocen que su sensibilidad artística nació en Pirque.
Josefina, artista visual, ha expuesto en galerías nacionales e internacionales. Sus pinturas, telas y trabajos con luz dialogan con el paisaje de su infancia: colores terrosos, sombras largas, texturas que remiten a la naturaleza.
Exequiel tomó un rumbo distinto. Su vida se ha centrado en el muralismo y la restauración de iglesias y edificios históricos. “Nosotros siempre fuimos una familia unida. Fuimos todos muy felices ahí en Pirque”, recuerda. Esa felicidad temprana, mezclada con historia y arquitectura, se transformó en su oficio.
Hoy vive en Las Majadas, cerca de los cerros que conoce desde niño. Desde ahí, sigue trabajando su mirada detallista y sensible, heredada de tantos años rodeado de arte.
Pirque: territorio, identidad y pertenencia
Para los Fontecilla, Pirque no es solo el lugar donde crecieron, sino un espacio que define quiénes son. Es naturaleza, memoria, comunidad. Es la manera en que aprendieron a moverse por el mundo.
“Pirque es una vida muy… una infancia muy bien vivida”, dicen. Una frase simple y honesta que describe lo esencial: un territorio que los formó sin que se dieran cuenta.
Aunque la casa grande ya no existe tal como la conocieron, permanece en su manera de mirar, en sus obras y en la forma en que relatan cada detalle de esos años. Su padre, el parque, la luz filtrándose entre los árboles. Todo eso se convirtió en parte de su lenguaje.
Un legado que continúa
El amor por el paisaje, el respeto por la naturaleza y la atención al detalle son herencias directas de su padre y de la vida en Las Majadas. “Era un castillo viejo, antiguo, que tenía su magia”, dicen. Esa magia —el espacio, los árboles, la libertad— sigue presente en lo que crean hoy.
Su historia está hecha de gestos simples: salir a caminar, mirar, tocar, dibujar. Y aunque sus caminos sean distintos, ambos reconocen que todo comenzó igual: en la casa grande, con un padre que pintaba en silencio y un territorio que hablaba por sí mismo.
Antes de despedirse, Exequiel deja un mensaje que resume la relación profunda que ambos mantienen con este lugar: “Que disfruten el pedazo de tierra que tienen. Pirque es precioso para todos lados. Que mantengamos las tradiciones que aún podemos ver y palpar, ese espíritu de comuna que se refleja en los guitarroneros, en el canto a lo divino, en los artistas y poetas. Que mantengamos el respeto por la naturaleza y por nuestro entorno, que la noche siga siendo oscura y silenciosa, y que nunca nos olvidemos de nuestro origen”.
En sus palabras está la voz de dos artistas que crecieron entre memoria y territorio, y que hoy entienden que el progreso y las raíces pueden convivir. Desde Pirque, con su historia y su paisaje, aún es posible crear, preservar y pertenecer.



