La Morenita

Desde un toldo en Cuatro Esquinas hasta un local con estándares de primer nivel, Víctor Herrera y Leslie Martín construyeron en la comuna mucho más que una pescadería: un proyecto familiar basado en disciplina, confianza y respeto por el oficio.

Por Amanda Contreras Morales

En Pirque, donde el ritmo de vida aún permite reconocer a quien está al otro lado del mesón, La Morenita se ha transformado en un punto de encuentro cotidiano. No solo por sus productos del mar, sino por la historia que hay detrás: la de un matrimonio que, empujado por la necesidad, decidió emprender sin saber que ese primer ceviche marcaría el inicio de un camino de constancia, sacrificio y comunidad.

Víctor Herrera y Leslie Martín no nacieron en Pirque, pero hoy se sienten parte de la comuna. “Nosotros no decimos ‘caseros’, decimos ‘vecinos’”, repiten, convencidos de que el vínculo humano es tan importante como la calidad del pescado que venden a diario.

 

De 30 mil pesos y una caja de plumavit

La historia de La Morenita comienza en 2016, en un momento complejo para la familia. “Yo renuncié el 16 de diciembre, eso significaba no tener ingresos”, recuerda Leslie. Con dos hijos pequeños y sin trabajo estable, la idea surgió casi por intuición. “Víctor me dice: ‘vendamos ceviche’. Y yo le dije: ‘¿cómo vamos a vender ceviche si a ti te gusta mi ceviche, no al resto?’”.

Con 30 mil pesos compraron reineta, limón, cilantro y cebolla. “Nos fuimos con una caja de plumavit a Cuatro Esquinas y vendimos todo, pero ganamos mil pesos, porque no sabíamos cómo funcionaba”, cuenta Víctor. Aun así, fue suficiente para insistir. Semana tras semana, con toldo, mesas improvisadas y letreros hechos a pulso, comenzaron a ganar clientela.

El nombre no tardó en aparecer. “Le dije que uno dijera ‘cevichería La Morenita’, porque yo a mi señora siempre le he dicho morena”, relata Víctor. Sin saberlo, estaban dando identidad a un proyecto que crecería mucho más de lo pensado.

 

Cuando el trabajo empuja a decidir

El ceviche comenzó a transformarse en un ingreso real. Tanto, que obligó a Víctor a tomar una decisión radical. “Yo estaba trabajando como jefe de obra en construcción, y llegué un día y dije: ‘vengo a renunciar’. Me dijeron ‘¿cómo?, ¿cuánto quieres que te paguemos?’, y yo respondí: ‘no, vengo a renunciar’”.

Renunció a la estabilidad por la incertidumbre del emprendimiento. “Me pagaron como 120 lucas de finiquito porque perdí todas las regalías”, recuerda. Hubo llanto, cansancio y miedo. “Lloramos harto”, dicen ambos. Pero también convicción. “Era la partida”, resume Víctor.

 

Higiene, disciplina y confianza

Ya instalados en su casa, comenzaron a vender pescado fresco. Desde el inicio, la higiene fue una prioridad. “Yo aborrezco el mal olor, la deshigiene”, dice Víctor. Los hijos se levantaban de madrugada a barrer y limpiar. “Barrían el patio, echaban cloro, regaban para que no hubiera polvo”.

La clientela empezó a crecer, incluidos restaurantes. “Fue nuestro primer cliente de restaurante”, recuerdan sobre don Marcos, quien confió en ellos por la limpieza y frescura del producto. Esa lógica se mantuvo con los años. “Si yo no me lo puedo comer, nadie lo puede comer”, afirman con claridad.

La relación con los clientes se construyó desde la honestidad. “Si el pescado presenta un problema, se cambia”, explican. “Yo no estoy regalando, estoy cuidando al cliente”. Hoy, esa política les ha permitido fidelizar a miles de personas.

 

Cadena de frío y estándar propio

La Morenita trabaja con trazabilidad completa. “Nosotros no recibimos ningún producto que no tenga trazabilidad”, enfatizan. Mariscos vivos, pescados con procedencia clara y una cadena de frío estricta. “Ocupamos hasta mil kilos de hielo a la semana en verano”, detallan.

El nuevo local marcó un antes y un después. “Siempre quise una pescadería donde alguien pida algo, se corte, se vaya a la cocina y coma”, dice Víctor. Hoy, el espacio integra pescadería y cocina, con productos preparados al momento, sin congelados previos.

 

Una familia ampliada

Con el crecimiento llegó el equipo. “Somos como una familia”, dicen. Trabajadores que encontraron estabilidad, vacaciones por primera vez y un ambiente laboral cuidado. “Invertir en el bienestar de los trabajadores no es un gasto”, asegura Víctor.

Ese espíritu también se refleja en la relación con Pirque. “No somos de acá, pero queremos que nos sientan parte de ellos”, señala Leslie. Y lo han logrado. “Cuando inauguramos, los clientes nos trajeron regalos, hasta champaña”, recuerdan emocionados.

 

Mirar hacia adelante

Hoy La Morenita es un referente local, pero sus fundadores mantienen los pies en la tierra. “El éxito de un negocio depende de la disciplina y la constancia”, reflexiona Víctor. El objetivo es seguir creciendo sin perder la esencia: calidad, cercanía y respeto por el oficio.

“Que sepan que detrás de esto hay una familia”, concluyen. Una familia que, desde Pirque, decidió construir su propio camino.

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